Ante las desafortunadas medidas tomadas recientemente por el Ministerio de Economía de la Nación, y al surgir antiguas voces que insisten con los supuestos beneficios de las retenciones, deseamos dejar expresado que:

Las retenciones nunca han contribuido al beneficio real de la situación alimentaria de los consumidores.
Constituye una falacia pensar que solucionarán los problemas generados por malas decisiones.
Se retrocede en el desarrollo productivo logrado con el aumento de hectáreas sembradas al quitarse las retenciones.
Se estafa de manera irreparable a todos los productores a los que se alentó a “apoyar al País” y a los que, una vez que la campaña no tiene vuelta atrás se les informa que deberán sacrificar sus presupuestos para solventar la falta de capacidad del Estado para reducir sus gastos.
Se olvida que los costos en dólares de los insumos no se recortarán, porque el Mundo y el Mercado harán su negocio como siempre, con lo cual no se trata sólo de una quita.
Sorprendentemente, sigue prestándosele el oído a los que hablan de renta extraordinaria, como si alguien tuviera derecho alguno para decidir por decreto cuánto tiene que ganar la población.
Por otra parte, no hemos percibido que ninguno de los que deciden sobre el bolsillo del productor esté dispuesto a “retener” el 10% de su sueldo para contribuir a un “fondo patriótico”, sino que, por el contrario, toman decisiones de redistribución con los bienes de los demás. De hecho, sigue vigente la resolución que autoriza a actualizar cada seis meses los gastos de representación, y nada se habla sobre avanzar con la reforma tributaria o evitar la superposición de impuestos prohibida por nuestra Constitución.
Todos los impuestos que se han implementado “transitoriamente para salir de la crisis”, se han quedado para siempre. Es impracticable que un tercio de la población mantenga a todo el resto, y la desilusión y el desaliento que la actual situación genera, plagada de improvisación, nos lleva a pensar que solo da lugar a oportunistas que se agazapan para capturar el malestar y convertirlo en votos, aunque cuando lleguen al poder no sepan qué hacer con el mismo.  

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